El pasado 5 de mayo conversamos con Alejandro Catalán acerca de el origen de los celos, su utilidad y también sobre cómo una infidelidad puede beneficiar o no la relación de pareja.
Celos
Los celos son considerados como una mezcla compleja e involuntaria de pensamientos, emociones y acciones que nacen cuando el celoso percibe – con motivo o no- que su relación está amenazada por un tercero.
El término celos, procedente del griego Zealous (Salovey, 1991), alude a la emoción que surge ante la sospecha real o imaginaria de amenaza a una relación que consideramos valiosa, tratándose de un mecanismo psicológico clave para hombres y mujeres.
Las diferencias entre hombres y mujeres ante el tipo de infidelidad, sexual o emocional, son estudiadas principalmente por dos grandes teorías: la sociocultural y la evolucionista. Mientras que éstos defienden la mayor preocupación masculina ante la infidelidad sexual y un más intenso malestar femenino ante la emocional, bajo la argumentación de la herencia evolucionista; aquéllos plantean la función social de los celos: preservar los derechos de propiedad según los ha definido una cultura en un momento histórico concreto. De acuerdo con los evolucionistas la posible pérdida de recursos ante la infidelidad emocional, para ellas, y el riesgo de invertir en el hijo de otro, para ellos, son diferencias de género vinculadas a los diversos problemas adaptativos que hombres y mujeres han tenido que resolver a lo largo de la evolución para garantizar la supervivencia y la transmisión de los propios genes.
Otra importante línea de investigación es la orientada al estudio de las características del rival, para lo que se parte del proceso de comparación social en el que está inmersa la emoción de celos. Éste se genera, siempre y cuando, sean cuestionados, frente a un rival, aquellos ámbitos que son relevantes para el autoconcepto de la persona, donde al existir una posible amenaza hay un detrimento de la autovaloración. Este proceso de comparación, inherente al contexto social en que se vive, causa el alejamiento entre la imagen real y la ideal que la persona tiene de sí misma.
Descubrir que nuestra pareja está interesada en un individuo no deseable socialmente es un duro golpe para la autovaloración personal.
Es más aceptable, desde el punto de vista social, que nuestra pareja sea infiel con una persona valorada; una aventura con una persona no deseable supone un mayor insulto y amenaza a la autoestima. Las diferencias encontradas en cuanto a las características del rival en función del tipo de infidelidad sugieren que un tercero no valorado es el que más amenaza la autoestima, mientras que uno valorado amenaza la exclusividad relación.
Infidelidad
La infidelidad puede ser conceptualizada como un continuo que va desde el involucramiento emocional que contenga los elementos de atracción y, sobre todo, secreto, hasta la ocurrencia eventual o continua, con o sin involucramiento emocional, del ejercicio de la sexualidad fuera de una relación de pareja, casada o no, homo o heterosexual, que suponga una exclusividad sexual. (Zumaya, 1994).
El concepto de infidelidad generalmente es reducido a la actividad coital fuera del matrimonio, sin embargo también conceptualizamos la infidelidad como una ruptura al acuerdo de confianza mutua de una pareja entonces muchas otras conductas más allá del encuentro coital podrían ser consideradas como actos de infidelidad. (Blow y Hartnett, citados en Salinas, 2006).
Como experiencia que afecta las relaciones y la dinámica general de la vida en la familia, la infidelidad asume significados múltiples, dependiendo de la relación directa que los diferentes miembros tengan con el hecho. Esto es, se asume de manera diferente si se trata de la actuación como agente causal de la infidelidad o como agente que experimenta las consecuencias directa de hombres y mujeres, padres e hijos, todos ellos herederos del abandono del padre, y en dos de los casos, también del abandono de la madre.
La infidelidad se vive de manera diferente en hombres y mujeres, siendo más tolerada en ellos que en ellas. Los resultados del estudio realizado sobre la construcción de la infidelidad en Perú (Cáceres y otros, 2002) indicaron que la mayoría de las mujeres entrevistadas de todos los ámbitos –con y sin experiencia de infidelidad por parte de sus parejas–, tenía la explicación arraigada de que el hombre es infiel por instinto, que la infidelidad es parte constitutiva de su naturaleza y sólo necesita el elemento apropiado que la estimule. En las mujeres de los sectores populares que participaron en dicho estudio,
se evidenció una autoculpabilización respecto de la infidelidad masculina, afirmando que la gran promotora de la infidelidad del hombre es la mujer.
La situación contraria, es decir la infidelidad de la mujer, es severamente condenada en el marco de una sociedad patriarcal con fuertes mecanismos de control social, mientras que ellas por su parte toleran resignadas la infidelidad, pues comparten la noción de que la mujer nació para sufrir. Esta actitud de aceptación resignada de la infidelidad, según los autores, responde a factores socioeconómicos y culturales y se debe, por una parte, a las condiciones en las cuales se constituyen las parejas y, por otra, a las relaciones de dependencia económica, social y emocional.
Algunas fuentes indican que la infidelidad puede ser sexual, emocional o mixta. Así las mujeres tienden a involucrarse más emocionalmente que los varones, en quienes el interés sexual es predominante (Thompson, 1984).





